TREN

Todas las mañanas eran gélidas para ella. El corto trayecto que debía recorrer para llegar a la estación le helaba la sangre. Caminaba rápido, como si alguien la siguiera muy de cerca con una pequeña arma, lista para disparar en caso de que ella detuviera su marcha. Para cruzar las vías, no solía mirar a ambos lados, solo se guiaba por su intuición y un poco de su sentido auditivo. Hasta ahora le venía funcionando. Pagó el boleto más por costumbre que por otra cosa y se dispuso a esperar la llegada del tren. Se quedó mirando fijamente las vías, inmersa en un plácido estupor del que solo fue capaz de salir al descubrir que, sin darse cuenta, se había acercado a una distancia peligrosa del borde. Prestando más atención a lo que veía, se dio cuenta de cuánta basura había mezclada entre los rieles. Junto con el cielo gris, le daba a la estación un aspecto sombrío y descuidado. Quizás ella pudiera ayudar a recoger aquellos residuos, no se encontraban tan lejos. Con un pequeño salto y una gran bolsa bastaría. El problema era el tiempo, ¿cuánto faltaba para que pasara el tren? Si se apresuraba, tal vez podría lograrlo. Sí, pero no tenía ganas. Esta ocasión dejaría pasar la oportunidad, quién sabe qué pasaría mañana.

 Sus ojos continuaban fijos en las vías, pero ahora tenía la impresión de que estas se encontraban bastante más lejanas que hace un par de minutos. En su mente surgió la idea de que si llegara a tropezar o si fuera víctima de algún empujón, podría fácilmente caer y romperse un par de huesos. De ser así, su atuendo quedaría estropeado por la sangre que empaparía su ropa. Se vio a sí misma cayendo y no siendo capaz de levantarse, viendo el tren acercarse cada vez más y más. Primero, distinguiría una pequeña luz a la distancia, escondida entre una espesa neblina. Instantes después, la fulminante luz atravesaría aquella nube acompañada de una potente bocina que abriría paso a un monstruo tan inmenso que le sería imposible ver su rostro. La distancia que los separaría sería ínfima. No sería capaz de gritar, o quizás no sentiría la necesidad. El miedo sería una preocupación secundaria, teniendo en cuenta el dolor que semejante tropezón le habría causado. Y justo en ese momento, cuando su imaginación estaba a punto de permitirle resolver su duda de si un tren podría en verdad acabar con su vida, unas altas puertas se abrieron ante ella con un agudo crujido.

 Un torbellino de pasajeros la azotó de ambos lados, exageradamente desesperados por conseguir un asiento. Un poco conmocionada por los empujones, dudó si entrar o no a ese gran monstruo. ¿Dónde se encontraba su asiento perfecto: dentro, sobre o debajo de aquella gran chatarra? Arriba, definitivamente. Sostenida por un pequeño soporte disfrutaría todo el viaje al contemplar la impactante vista. El viento acariciaría su rostro y se arroparía en aquella confortable soledad. Podría gritar de la emoción, o llorar de la angustia sin miradas entrometidas. Sin embargo, hacía mucho frío. Odiaba temblar, así que si podía evitarlo, lo haría. Se despidió con pesar del viento y las vías, y entró. Las puertas se cerraron torpemente tras ella y el tren se alejó, dejando atrás la estación que quedó solitaria y silenciosa, esperando pacientemente a la próxima persona que se presentara como candidata para hacerle eterna compañía.

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