LAS MANOS DE LA TIERRA

Creció en un espacio reducido al lado de una quinta que tenía unos quinientos y pico de metros cuadrados, al lado de la quinta solo las vías del tren. Pandemius de Atracia tenía atada su mano a la mano de su padre al que acompañaba a comprar tomates frescos los sábados. La quinta la atendían dos ancianos , un matrimonio que había pasado la existencia juntos.

Decía Hermelinda que su esposo era un viejo chusma y Romualdo siempre le respondía ” Uhh!! vos siempre refunfuñando a cada rato pero te quiero ” y ahí terminaba toda la discusión. Todas las mañanas estaban a las seis de pié, se tomaban unos mates y a trabajar, la tierra se los exigía con la dulzura de quién exige un beso, las cañas que sostenían rectoramente las plantas se las cortaban y las llagas de la labor dejaban surcos que junto con la negrura apenas permitían entrever las huellas digitales. eran manos de la tierra.

Mis abuelos eran los mas hermosos seres humanos que yo había conocido , eran unos incansables dadores de sonrisas , Hermelinda de unos extensos ojos verdosos tipo mar revuelto y siempre tan generosa y Romualdo, Romualdo Libertini mi nono hacía galas de un coraje capaz de descorrer el velo de la mala suerte y pelearle con voluntad centímetro a centímetro sin desfallecer jamás ; eso me decía mi amigo de toda la vida Hugo quién los había visto sentir el golpe de la muerte de un hermano de Hermelinda que les prestó el dinero para adquirir ese lugar, todo lo contaba Hugo. Cada vez que llovía Romualdo no necesitaba de la radio ni los diarios para que se lo comunicaran, el de arriba tenía con él un pacto de confidencialidad y creo , seguía diciendo , mi abuelo a cambio le habría prometido ser buen tipo, porque no se acordaba de una vez en que no le regalara algo de sus sembradíos a quién lo necesitaba. Pero un día entraron a la quinta dos tipos enfurecidos , de esos que beben sangre ,malandras , apartados de toda ley, y le robaron los pocos ahorros . Uno de los malvados se llamaba creo que Juan y le decían “el Albino” porque trabajaba de noche , raro porque el hecho ocurrió al mediodía, me contó Hugo, . El matrimonio lo había visto crecer al Albino , siempre descarriado a tal punto que mi abuela en el asalto le gritaba ” llevátelo todo, llevátelo todo pero a él no le hagas nada “. Ella se fué a los tres años de aquél desastre que se llevó la vida de su marido. El mal se lo había robado todo.

De vez en cuando Pandemius pasa por ese sitio que hoy es una lúgubre fábrica de caños de fibrocemento, y cuando lo hace parece percibir el aroma salvaje y benigno de los tomates que iba a buscar con su padre ; cuando vuelve siempre le envía un whats app a Hugo que ya tiene sesenta años y le da las gracias por ser su amigo. Suele decirse a sí mismo que las cosas solo son eternas por decisión terrenal y jamás termina el bién de aquél que sabe cosechar como Hermelinda y Romualdo.

Pedro Zinno

Derechos de autor registrados.

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