El autobús

Sus ojos emanaban un brillo que solo podía significar emoción y alegría. Su humor la hacía brincar del asiento cada vez que recordaba el lugar en el que estaba. El viaje que había esperado hace tanto tiempo al fin había comenzado. Las horas le pasaban como segundos al estar ensimismada en todas las experiencias y sorpresas que la guardaban a solo unos kilómetros de distancia. Era la primera vez que se animaba a viajar por su cuenta tan lejos de casa. Esto representaba para ella un gran abanico de posibilidades que solo la más absoluta libertad podía brindarle. Sin embargo, era consciente de la valentía que implica el abrir una asombrosa puerta como esa. No cualquiera tiene lo que se necesita, pero ella sí. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para disfrutar al máximo el viaje que tanto había deseado. Lamentaba no poder apreciar la bella vista que sabía se ocultaba detrás de una profunda capa de oscuridad. Una gruesa ventana la protegía del gélido y furioso viento, que azotaba incesantemente el vidrio con chorros de agua. La tormenta era tan fuerte que el repiqueteo de las gotas en el techo era lo único que se podía escuchar en el autobús. Si cerraba los ojos, era fácil imaginar que era la única pasajera que se encontraba en viaje. De hecho, le encantaba este pensamiento, por lo que soñar con esta realidad la ayudaba a concentrarse en su destino y lo que allí la esperaba. Llegar, eso la llenaba de ansiedad. Quería llegar más que nada en el mundo. ¿Hace cuánto tiempo estaba viajando? No tenía la más mínima idea, su celular se había apagado tiempo antes de subir al autobús; siempre se le olvidaba cargar sus dispositivos electrónicos.

            Súbitamente, un estruendoso grito la arrancó de sus fantasías y la obligó a abrir los ojos. Una pálida luz penetró sus ojos y la hizo sentir incomoda. Luchando contra esta sensación, giró su cabeza en busca del origen del ruido que la había perturbado. Vio un niño llorando en silencio con la mejilla colorada y un fibrón en la mano. En la pared había un dibujo de un autobús cayendo por un abismo. La madre lo reprendía furiosa. Tanto alboroto la hizo volver a sus cabales. Siendo ahora consciente de sus necesidades fisiológicas, se dio cuenta de lo mucho que le urgía ir al baño. El tener su cabeza en las nubes la había aislado del mundo por completo quién sabe por cuánto tiempo. Se levantó y se dirigió al baño. Todos en el autobús dormían plácidamente. “Debía ser obra del relajante sonido de la lluvia”, pensó. Al intentar ingresar, notó que la puerta del sanitario estaba trabada. -Ocupado- escuchó que decían del otro lado. Esperó unos minutos y escuchó que destrababan la puerta. De dentro salió un hombre que la empujó al pasar a su lado. Al no escuchar ninguna disculpa, ella se dio vuelta bruscamente con la intención de propinarle alguna grosería a aquel maleducado, cuando vio que del bolsillo del hombre caía un billete. Le pareció una mejor venganza esperar a salir del baño para, disimuladamente, robarle el dinero caído. Entró, prendió la luz y se dispuso a hacer lo que necesitaba hacía horas y no se había dado cuenta. Saciada su necesidad, se dirigió al lavabo. Al ver su cara en el espejo se asustó. Tenía los ojos cerrados. Un instante después, la luz se apagó y quedó en la más absoluta oscuridad. Abrió rápido la puerta del baño para salir al pasillo. Allí se podían distinguir mejor ciertas formas en la penumbra. Lo que antes era oscuridad total en las ventanas, ahora era su única fuente de luz. La luna y las luces de mercurio la ayudaban a no perder la cordura. Empezó a caminar lentamente hacia su asiento y vio en el suelo el billete de 50 pesos que había visto caer poco antes del pasajero. Lo agarró y lo examinó. Vio escrito en él una frase: “No mires adelante”. Un escalofrío le recorrió la espalda y guardó el billete en el bolsillo. Dio un par de pasos y se detuvo en seco. Ni el niño ni la madre que había visto pocos minutos antes se encontraban en sus asientos. Lo que es peor, nadie se encontraba en sus asientos. Estaba sola en el autobús. Quizás, había estado tan ensimismada en sus pensamientos que se había quedado dormida y había soñado que el autobús estaba lleno, cuando todo este tiempo había sido la única pasajera. Estaba analizando esa posibilidad cuando dio un respingo. El dibujo del autobús cayendo seguía estando allí. Pero si no había nadie en el autobús, ¿quién lo había dibujado? Pensó que quizá sí había habido pasajeros antes, pero todos habían bajado en una parada que ella no percibió por haber estado en el baño. Intentando convencerse de esa tranquilizadora probabilidad , vio un destello de luz en la ventana de su asiento. Corrió hacia él para ver de qué se trataba y vio, tras la ventana, la terminal en dónde se había subido al micro quién sabe cuánto tiempo antes. Un luminoso cartel rezaba: “Terminal de autobuses de B.A”. Quizás por eso el viaje le había parecido tan largo, se había quedado dormida y perdió su parada. El autobús había llegado a su destino y, al bajar todos los pasajeros, había emprendido el viaje de regreso con ella aún a bordo. No podía creer que le estuviera pasando eso, sus ganas de llegar aumentaban tanto como su miedo de no lograrlo nunca.

El autobús seguía en marcha. Aterrada ante la posibilidad de haber perdido su parada, fue corriendo hacia el asiento del conductor para preguntarle todas las dudas que retumbaban en su mente. Al llegar, no vio a nadie conduciendo el autobús. Sin embargo, este se movía a gran velocidad hacia adelante siguiendo una línea recta perfecta. El miedo se apoderó de ella al darse cuenta de que estaba sola en un autobús sin luz y que luego de tantas horas de viaje no se había movido prácticamente nada de su punto de partida. Quería bajar, pero el micro seguía andando y no sabía cómo abrir las puertas. No sabía manejar, pero intentarlo era la única opción que le quedaba. Se sentó en el asiento del conductor, apoyó las manos en el volante y miró hacia adelante. Seguía lloviendo intensamente, por lo que era casi imposible distinguir el camino a través de la fuerte lluvia. El limpia-parabrisas no funcionaba. Acercó su cabeza a la ventana para poder distinguir mejor el camino y ver si podía vislumbrar algún cartel que le indicara dónde se encontraba. Al cabo de unos forzosos intentos restregando sus ojos contra el vidrio pudo distinguir un cartel que decía: “Cuidado con el abismo”. Un grito desgarrador inundó el autobús.

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