¿Qué le diría a alguien que perdió un hijo violentamente?

Al cumplirse 6 años desde su fundación, la Usina de Justicia (UJ) celebró una reunión virtual diferente a las anteriores, donde en lugar de reunirse con especialistas en temas de seguridad y el sistema judicial, dedicaron la convocatoria a las segundas víctimas: familiares, amigos y compañeros de personas a quienes se les arrebató la vida a manos de la delincuencia.

¿Cómo continuar después de perder a un ser querido de forma abrupta?, ¿Qué sigue luego?, ¿Cómo afrontar los problemas cotidianos de la vida diaria? Qué decirle a alguien que traviesa el duelo de haber perdido a alguien, cómo ayudarlo a superar, si es eso posible, el dolor que queda siempre presente y el vacío que dejó un hijo o hija, un hermano o hermana, un padre, madre, una pareja, un amigo.

Evento de Usina de Justicia en el 6° aniversario de su creación

Nunca es fácil. Principalmente porque cada persona reacciona de manera diferente y no podemos esperar que actúe según como a nosotros nos parece que debe de actuar, ignorando por completo lo que es transitar por ese sendero, y si reaccionaríamos igual si nos ocurriera algo así.

La jornada contó con la presencia de la licenciada en psicoanálisis Marcela Dal Verde, quien durante su brillante exposición explicó lo que sucede en la mente de un familiar o amigo de una victima de la inseguridad, víctimas secundarias invisibilizadas por la ley y por el estado.

La licenciada Dal Verde nos dice que quien padece este hecho la atraviesa “el dolor al que se le suma el terror, un episodio que lleva a las víctimas de forma violenta y directa de una vida elegida al dolor, y de este al terror de lo que no podemos reaccionar”. Las segundas víctimas son condenadas por el acto violento a “cadena perpetua”, encerradas en una prisión de angustia por dolor de haber perdido a un ser querido, padeciendo de forma crónica la secuelas del trauma que cargan, como los la depresión, la ira, el miedo y la culpa, por solo mencionar algunos.

La culpa por lo sucedido también es común, nos dice: “reproches y culpas son la expresión de un sentimiento de ambivalencia que, de manera inconsciente, se pone en marcha de manera brutal ante el homicidio”, si bien es natural sentir remordimiento, en las víctimas adquiere fuerza sobre su vida diaria perjudicándola en toda actividad que realice, “mutando en sus formas de aparecer, pero estando siempre presente”.

También nos dice que podemos hacer para ayudar siempre y cuando la persona lo permita, no podemos forzarla a hacer cosas de la vida cotidiana sin saber que reacción puede ocasionar, recordando que la cotidianeidad se fue junto a su ser querido. Si necesita gritar, insultar, llorar, que pueda desahogarse. Lo mejor que podemos hacer es escuchar, aunque no entendamos completamente su dolor, dejar que lo saque todo y no guarde nada, para que no se envenene con el rencor de la pérdida que jamás podrá reponerse.

“La muerte por homicidio esta impregnada de violencia que nos transforma en vulnerables, porque una repentina trompada, por decirlo de alguna manera, nos desmorona hacia la muerte sin que podemos defendernos. Es el horror, es lo siniestro de la muerte real, además de la perdida, lo que nos quita la paz interior del plan de vida que perdimos“, nos dice.

Pero no puede haber un tratamiento, por decirlo de alguna manera, de forma sana si se sigue invisibilizando a las víctimas y engrandeciendo al victimario: “la restitución del estatus de víctima es el interés primordial del trabajo que nos interesa y nos convoca”, pues aclara que en el derecho penal, de forma sesgada, se “desalojo a la victima de su lugar primordial ante la escena de homicidio/femicidio y sobredimensiona al homicida”, en referencia a cada caso en que se quiere justificar lo injustificable, calificando al agresor como una víctima de la sociedad, como si el victimario no fuera capaz de haber tomado la decisión de tomar una vida consiente de lo sus acciones, y algo externo lo “forzó” a matar.

Además no hay que olvidar la responsabilidad social que tenemos con las víctimas, aunque no las conozcamos personalmente. Si actuamos con indiferencia ante los hechos de violencia y no hablamos, nadie hablara por nosotros cuando nos toque ser otra victima más. Para referenciar lo anterior dicho Dal Verde cita el poema escrito por el pastor luterano alemán Martin Niemöller, quien paso casi diez años en un campo de concentración por denunciar la intervención nazi en las iglesias Luteranas: “vinieron por los socialistas, y no dije nada porque no era socialista; vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque no era sindicalistas; vinieron por los judíos, pero no dije nada porque yo no era judío; luego vinieron por mi, pero ya no quedaba nadie para hablar por mi”. Solo tenemos que hablar, denunciar y no normalizar cuando vecinos pierden a sus seres queridos ante la inseguridad, porque el día de mañana podemos ser cualquiera de nosotros arruinados para siempre, convertidos en otra víctima que grite por justicia, esperando ser escuchada.

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